dimanche 29 mars 2009

Camus: Existencialismo de supervivencia.

EL MALENTENDIDO
ESCENA II - ACTO III

JAN (mirando hacia la puerta): Quizá, sí ... (se dirige a la cama y se sienta). Pero esta mujer sólo me inspira el deseo de marcharme, de encontrar a María y de ser feliz nuevamente. Todo es tan estúpido. ¿Qué estoy haciendo aquí? Pero no, debo hacerme cargo de mi madre y de mi hermana. Las tuve olvidadas demasiado tiempo. (Se levanta) Sí, en este cuarto se arreglará todo. ¡Qué frio es, sin embargo! No reconozco nada, todo lo han renovado. Se parece ahora a los cuartos de hotel de esas ciudades extranjeras donde todas las noches llegan hombres solos. También yo los conocí. Entonces me parecía que había una respuesta por encontrar. Quizá las reciba aquí. (Mira hacia afuera) El cielo se cubre. Lo mismo sucede en todos los cuartos de hotel: todas las horas de la noche son difíciles para el hombre solo. Y aquí está ahora mi vieja angustia, aquí, en el fondo del cuerpo, como una herida abierta que se irrita con cualquier movimiento. Conozco su nombre. Es miedo a la soledad eterna, temor de que no haya respuesta. ¿Y quién habría de responder en un cuarto de hotel? (Se ha acercado a la campanilla. Vacila; luego llama. No se oye nada. Después de un silencio, pasos; se oye un golpe. La puerta se abre. En el marco aparece el viejo criado. Permanece inmóvil y silencioso.) No es nada. Disculpeme. Sólo deseaba saber si alguien respondía, si la campanilla funcionaba.
El viejo lo mira, luego cierra la puerta. Los pasos se alejan.


Le Malentendu, Albert Camus, Paris, 1944.

2 commentaires:

La vida te despeina a dit…

no habia reparado en lo profunda de las palabras de ese acto hasta q las lei aca,..
besos pame

Mayo Cordobés a dit…

Los aymaras del noroeste argentino, los que convivían en el tawantinsuyu, aquel estado incaico antes de la llegada de los españoles, ingleses y sucesivos conquistadores; los aymaras decían que el alma estaba en el estómago. Lo llamaban sonco, algo vital que recorría todo lo que existía en el cosmos. El sonco, entonces, estaba en el estómago.

Muchos años después, Julio Cortázar en “Rayuela”, le hacía comentar a La Maga y Jorge Olivera -los personajes de esa novela inigualable- que las arañas que suelen aparecer en el estómago en los momentos exactos de dolor, amor y alegría eran la mejor demostración de la existencia del alma y su ubicación en ese lugar del cuerpo.

Cuando Marta dio a luz, había pocas posibilidades de soñar un futuro aunque más no sea de pañales y caricias.
En la ex Asistencia Pública de Rosario, en septiembre de 1976, esposada a la camilla, con policías y militares viéndola parir desde la boca de sus fusiles automáticos livianos, Marta se aferró a la triple vida que surgía desde las cercanías de su estómago. La de su hija Alejandra, la propia que defendía con lo último que le quedaba de fuerzas y la solitaria muestra de libertad que se colaba por una ventana del primer piso de la maternidad en forma de rayo de sol.

-La única ventana había sido clausurada por un candado. De repente, una oblicua luminosa viene y se instala ahí. Sólida, finita, increíble, delante de mis ojos... Recuerdo que me hizo reír la ocurrencia del sol, su desparpajo, su modo silencioso de colarse -contó rememorando aquel instante de locura y pasión por la vida.

Años después, en el encierro de Villa Devoto, Marta escribió sobre una de las paredes del calabozo un poema. Escribió con aspirinas a falta de tizas.

“Poca cosa había en el cuarto. Apenas una cama. Vos dormida y yo mirándote en silencio. Nadie ahí para contarle que existías y existías en un buitre acechándote furioso. En un aletear de pájaro. En una bata. Nadie para contárselo. De un domingo extrañamente ajeno transcurría la tarde y aquel rayo de luz abrió un atajo por donde se coló la risa”, leyeron las paredes de Devoto y mucho más tarde, Alejandra, nacida en cautiverio.

Hoy Marta es docente y psicóloga. Alejandra canta y enseña a cantar.

Bellezas del alma. Gambetas del amor a los proveedores del odio.
Estómagos que se hicieron fuertes a puro amor, rebeldía y belleza.

Por aquellos días, Juan Alemann, secretario de Hacienda de Jorge Videla declaraba lo siguiente: “Con esta política buscamos debilitar el enorme poder sindical que era uno de los grandes problemas del país. La Argentina tenía un poder sindical demasiado fuerte...hemos debilitado el poder sindical y esta es la base para cualquier salida política en la Argentina”, sostuvo.
El poder sindical debilitado eran los miles de trabajadores desaparecidos.
El alma de la patria, los trabajadores, como había dicho una mujer menuda y rebelde de nombre simple y apretado como puño de laburante, Evita. El poder sindical debilitado era el estómago del pueblo apaleado, torturado.
Mientras Alejandra enseña a cantar y canta, Juan Alemann ha vuelto a decir sus definiciones en torno a lo sucedido.
"Hubo doscientos y pico de mujeres que tuvieron hijos en cautiverio y que después las liquidaron. De esos, unos doscientos los entregaron a los jueces y quedaron menos de 30 casos que los distribuyeron entre familias y militares. Eran chicos que sobraban porque estos guerrilleros constituían parejas y mientras peleaban, tenían hijos. Era una irresponsabilidad, pero no hubo robo de chicos. Hay que tener estómago para hacerse cargo del hijo de un guerrillero”, indicó con frialdad y precisión el mismísimo Juan Alemann.
Con la misma frialdad y precisión con que definió el objetivo de la noche carnívora. Hay, entonces, algo más que apología del delito. Son palabras que le surgieron de su particular estómago. Y no se le puede negar coherencia a ese estómago.
Pero, ¿qué tipo de estómago tendrá el ex funcionario de Videla? ¿En qué operación bursátil perdió el alma? ¿A qué precio vendió su estómago? ¿Sus hijos creerán como los aymaras que hay algo vital que une el alma humana con todo lo existente en el universo? ¿Cuánto hace que no siente los mensajes verdaderos que se anuncian como arañas en el estómago, según Cortázar?
¿Cantarán los hijos del señor Alemann, como canta y enseña a cantar la hija de una sobreviviente de la masacre?
Es probable que los apropiadores de bebés, cómplices de Alemann y sus patrones, no hayan reparado en sus estómagos y almas quizás por la simple razón que tengan un gran vacío en ese exacto sitio en donde el amor, la memoria y la verdad se imponen a cualquier tipo de multiplicación del odio y del olvido.